Proceso de producción – Ensayos materiales

Residencia de creación de Karlos Martínez B.
del 20 al 23 de octubre y del 15 al 18 de diciembre
Residencias - Ventana propia

Ventana propia: el jaleo habitual de Azala

Del 20 al 23 de octubre estaré en Azala desarrollando una nueva serie de volúmenes que formarán parte de una exposición en enero de 2026, en el antiguo depósito de aguas del Centro Cultural Montehermoso de Vitoria.

Llego a esta residencia tras un periodo de exploración centrado en materiales, formas y métodos de construcción ligados a lo habitacional. Sin embargo, el trabajo ha tomado otra dirección: ahora me interesa más, aquello que no responde a una función clara. Esta fase se centra en producir piezas que funcionan como estructuras en tensión, sostenidas en un equilibrio inestable entre lo orgánico y lo mecánico.

Las pienso como formas suspendidas. Me interesa que no sean fácilmente clasificables: que puedan sugerir cápsulas, refugios o embriones, sin llegar a ser ninguno de ellos. Tienen algo de contenedor, pero también de mutación.

Azala me ofrece un espacio ideal para avanzar en esa transición hacia lo concreto: ajustar proporciones, experimentar con uniones, observar cómo reaccionan los materiales en el espacio. Aunque no es un trabajo coreográfico, el contexto del movimiento que atraviesa este lugar influye en cómo pienso estas piezas: cómo se sostienen, cómo se relacionan entre sí y con quien las rodea. Es un momento para probar, pero también para empezar a fijar decisiones.

Karlos Martínez B. (Bilbao, 1982) es artista visual y escultor. Vive y trabaja entre Durango y Madrid. Su práctica se centra en la escultura y parte del trabajo con objetos, abordando la tridimensionalidad desde distintos medios plásticos y visuales, con especial atención al dibujo como herramienta de pensamiento y construcción.

Algunas de sus exposiciones individuales más recientes incluyen: Folded Forms en la galería Formato Cómodo, Madrid (2024); FRONTS en Okela Sormen Lantegia, Bilbao (2024); Dark Matters en La Taller, Bilbao (2023); Gaps & Corners en Nadie Nunca Nada No, Madrid (2023); y Black Patterns en Carreras Múgica, Bilbao (2021).

Su obra ha sido recientemente incorporada a varias colecciones públicas, como el Museo CA2M —a través de la adquisición de la Fundación ARCO en 2025—, el Museo Reina Sofía, y la colección compartida por Artium Museoa —Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco—, el Museo de Bellas Artes de Bilbao y Tabakalera (Donostia / San Sebastián), en 2023.

Su aproximación a la escultura parte de las dos dimensiones, en un proceso en el que el volumen emerge desde el plano. Actualmente, su investigación se orienta hacia la exploración del deseo: cómo aprehenderlo, cuestionarlo, y hasta qué punto es posible hacerlo, con la sospecha de que intentar capturarlo es, en el fondo, una forma de rendirse a él.

 

Memoria de trabajo en Azala

Azala fue, durante dos momentos del proceso, un lugar donde el trabajo pudo desprenderse de mí. Salir de mi propio espacio permitió que las piezas dejaran de ser una extensión del estudio para convertirse en algo más cercano a un cuerpo en construcción: una estructura que todavía no sabía del todo qué iba a sostener.

La primera vez trabajé en uno de los estudios, bajo la mirada de un gran cartel de El bailarín; fue justamente con el cambio de hora en octubre. Estar allí hizo que el trabajo se sintiera diferente: no solo movía materiales, sino que todo parecía colocarse en un tiempo distinto, como si las piezas empezaran a existir por sí mismas. Ese estudio, amplio y con suelo de madera, fue un lugar donde la atención se ajustó a otro ritmo y mi relación con los materiales también cambió.

El tiempo allí tuvo algo de laboratorio lento. Como en ciertos renders médicos o en algunas películas de ciencia ficción, donde un sistema imprime primero un exoesqueleto y después lo reviste de piel, el trabajo avanzaba por capas. Las varillas aparecían antes que la forma; los textiles llegaban después, no para cubrir, sino para activar, para dar una especie de vida provisional al conjunto. Nada estaba terminado, pero todo estaba ya en funcionamiento.

La segunda vez estuve en el estudio del bosque. Allí, la luz se filtraba entre las hojas de la vegetación y cambiaba constantemente con la hora y con los movimientos del día; fue también esa luz la que me llevó a crear las imágenes que han servido para la tarjeta y el póster de la exposición. No fueron fotos de piezas acabadas, sino momentos en los que el trabajo y la luz se encontraron de manera inesperada y preciosa.

Azala, como espacio de creación, permite trabajar desde dentro del proceso, no como autor que controla, sino como uno más dentro de una secuencia de movimientos, ajustes y desplazamientos. Fue un lugar de tránsito dentro de un proyecto atravesado por viajes, idas y vueltas, cambios de escala. Curiosamente, mientras las piezas comenzaban a aludir a máquinas, a sistemas de movimiento y a cuerpos en tensión, el contexto ofrecía lo contrario: calma, tiempo sostenido y seguridad.

Ese contraste fue fundamental. La posibilidad de jugar sin urgencia, de probar con curiosidad y también con cierto morbo material —tensar, forzar, soltar— generó una relación más abierta con las piezas. Había espacio para el error, para el desvío, para la diversión incluso. El trabajo no pedía resolverse, solo seguir ocurriendo.

Más que un lugar de producción, esta residencia se volvió un espacio donde el trabajo pudo ganar espesor. Donde la estructura se dejó atravesar por una piel todavía inestable y donde esa combinación empezó a comportarse como algo vivo: no acabado, pero ya capaz de sostenerse por sí mismo.