Apertura

Residencia de creación de Xavier Bobés y Alberto Conejero
del 19 al 29 de agosto
Residencias - Micorrizas

Micorrizas: mediante este programa que utiliza el nombre de la relación simbiótica entre hongos y raíces, Azala colabora con  otras estructuras amigas.

Esta residencia se enmarca en el programa Tapete común, un proyecto de colaboración entre las casas de creación Azala y L’animal a l’esquena (Celrá, Girona), EiMa (María de la Salut, Mallorca) y Casa Vella(Amiadoso, Ourense). Esta colaboración tiene como objetivo dar apoyo a creador+s de los respectivos territorios ofreciéndoles el espacio de trabajo, alojamiento y un acompañamiento artístico a sus procesos de trabajo.

El punto de partida para nuestro segundo encuentro como creadores es el poema “Infancia y muerte” de Federico García Lorca. Es uno de los denominados “poemas huérfanos” del ciclo de Poeta en Nueva York porque, aunque está escrito en la misma época y pudo formar parte del libro, finalmente fue descartado en la versión del libro que en 1936 Lorca entregó para edición.  El poema tardó décadas en ser publicado. Lo hizo Rafael Martínez Nadal, amigo del poeta, ya en los años setenta.  Éste cuenta que Lorca le entregó el manuscrito con la siguiente nota: ‘Para que te des cuenta de mi estado de ánimo’.

Para nosotros el poema no ha sido una elección. Apareció en nuestras vidas en el momento en el que, sin saberlo lo necesitábamos. De otro modo: el poema se inscribió en la órbita de un duelo que vivimos —y aquí el verbo es preciso— por el fallecimiento de un familiar muy cercano. En sus versos tiemblan algunas de las vivencias que atravesamos. Ahora sabemos que la muerte, en cierto modo, nos devuelve a todos a la infancia; que la muerte nos aparta del ruido del día al día y nos devuelve a la esfera de lo importante y sagrado; y somos en el duelo fantasmas para los vivos y fantasmas para los propios muertos. Ahora sabemos que la vejez puede ser una frontera con la propia infancia y no con la nada. Nuestro cuerpo viejo quizá está más cerca de nuestro cuerpo niño que de la nada. Nuestro cuerpo niño quizá está más cerca de nuestro cuerpo viejo que de la nada.  ¿Cómo volver a la infancia si no es desde el duelo? ¿Cómo podemos celebrar —reír y llorar— al niño que fuimos? ¿Cómo podemos hacer una ofrenda a nuestros muertos si no es con nuestras manos de niño?

Este poema es el disparador para nuestro trabajo.  En el poema un Federico herido desciende para en contrarse con el Federico niño. Los versos del poema de Lorca están construidos sobre materia, objetos-reliquia que atestiguan el paso del tiempo y, a la vez, son capaces de hacerlo colapsar, de abrir pasadizos pecho adentro hacia el niño que fuimos y que duerme en nosotros, también hacia el muerto que seremos. Todas las obras que hablan del nacimiento y de la muerte sólo pueden hablar sobre la vida. Creemos que esta será pieza sobre la vida, su raro prodigio.  Queremos trabajar con la calidez rarísima del duelo y con la eternidad vulnerable de las fotografías. Buscamos desde el poema escrito la aparición de un poema escénico.

Xavier Bobés y Alberto Conejero, en Sant Martí Vell en diciembre de 2023

Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!

comí naranjas podridas, papeles viejos, palomares vacíos,

y encontré mi cuerpecito comido por las ratas,

en el fondo del aljibe y con las cabelleras de los locos.

Mi traje de marinero

no estaba empapado con el aceite de las ballenas,

pero tenía la eternidad vulnerable de las fotografías.

Ahogado, sí, bien ahogado. Duerme, hijito mío, duerme.

Niño vencido en el colegio y en el vals de la rosa herida,

asombrado con el alba oscura del vello sobre los muslos,

agonizando con su propio hombre que masticaba tabaco en su costado

siniestro.

Oigo un río seco lleno de latas de conserva

donde cantan las alcantarillas y arrojan las camisas llenas de sangre;

un río de gatos podridos que fingen corolas y anémonas

para engañar a la luna y que se apoye dulcemente en ellos.

Aquí solo con mi ahogado.

Aquí solo con la brisa de musgos fríos y tapaderas de hojalata.

Aquí sólo veo que ya me han cerrado la puerta.

Me han cerrado la puerta y hay un grupo de muertos

que juega al tiro al blanco, y otro grupo de muertos

que busca por la cocina las cáscaras de melón,

y un solitario, azul, inexplicable muerto

que me busca por las escaleras, que mete las manos en el aljibe

mientras los astros llenan de ceniza las cerraduras de las catedrales

y las gentes se quedan de pronto con todos los trajes pequeños.

Para buscar mi infancia, ¡Dios mío!,

comí limones estrujados, establos, periódicos marchitos.

Pero mi infancia era una rata que huía por un jardín oscurísimo,

una rata satisfecha mojada por el agua simple,

y que llevaba un anda de oro entre los dientes diminutos

a una tienda de pianos asaltada violentamente por la luna.

«Infancia y muerte»

FGL